Mi México tan lleno de contrabando, de armas, de pobreza, de hambre, de basura y contaminación, el México que también recuerda sus tradiciones.
Noviembre llega y no esperamos a que sea primero del mes para que las calles comiencen a oler a cempasúchil y las panaderías a pan de muerto, las calles se pintan de colores, el clima cambia, se siente tranquilidad, como si el mundo callara por aquellos que murieron, como sí nos quedáramos en luto por unos días o unas horas, las personas corren a comprar flores. Las más bonitas para sus difuntos, esas que resalten a lo lejos.
Pero no sólo en las casas, los mercados, los panteones se respira este sentimiento que aún no logro describir, sino que también las escuelas, los niños, las madres, los padres, los hospitales, las funerarias, las panaderías, las papelerías etc. llevan en sus interiores la fiesta del día de muertos.
El Centro Universitario de la Ciénega no quería quedarse fuera de la celebración, así lo explican José Barajas y Omar Carrillo, alumnos de la carrera de administración.
Creo que eso depende de los valores que les inculcan los padres desde pequeños se les deben decir a los niños, los niños desde que nacen adoptan esa costumbre de hallowen y en los padres está que los motiven para que hagan altares o que no los dejen ir a pedir dulces no dejar que se pierda la tradición, que sí continúe porque es algo por lo que se recuerda a nuestro México y que vale la pela la verdad.
Las fotografías encabezaban el altar como si cada personaje se impusiera diciendo “Este es mi altar” “mi propiedad” “mi sitio” demostrando que aun que ya no están con nosotros podían mostrar sus mejores galas, los vestidos que ellos usaban o que los vivos creen que ellos usaban.
En una representación que asemeja la entrada al “inframundo” veo entre las fotos a Frida Kahlo y Diego Rivera en el mismo altar, juntos, pobre Frida si viera que hasta en la muerte le tocó cuidar a su Diego quizás no tendría la sonrisa en esa foto, o quizá voltearía su perfil para ver a Diego más clarito, o a Chavela. Ya ven que los rumores dicen que ellas tenían algo que ver, una relación quizá de amistad o de amor.
Cerca de Frida estaba Chavela viéndola, admirándola, esperando con su guitarra a que ella se paseara por su altar, para cantarle y que Diego se pusiera celoso. Yo que sé.
Un camino de cempasúchil guiará los pasos de Chavela. La entrada con flores perfumando su camino y un tapiz de aserrín con adornos. Un reloj Chavela, te contó las horas y ahora tienes todo el tiempo contigo y por eso ahí te lo pusieron para que te acuerdes de nosotros los vivos, un traje de charro, aunque traías un poncho con colores alegres como tú aun que tus canciones eran más bien tristes.
Así lució el campus del CUCiénega esta semana para rendir tributo a éstos y otros personajes. Alondra Pérez alumna de derecho detalla algunos elementos del altar dedicado a la intérprete de la paloma negra:
El águila la pusimos porque es algo mexicano se supone que el altar es mexicano y por eso la pusimos, el espejo pues es algo que debe de llevar el altar y la catrina consideramos que es algo que no debe de faltar, la canción favorita que dijo el grupo pues es la de la llorona porque es según con la que tuvo más éxito en México.
Olor a flores vivas para los muertos, palmeras en el pizo, color, música y alegría, ¿quién se pondría triste con todo esto? Cantinflas, Chavela Vargas, Marilyn Monroe, Valentín Elizalde y su literal Gallo pero no de Oro, Bob Marley y el ex rector Carlos Briseño estaban sentados esperando quizá en el escenario improvisado que había mientras que sus altares se concluían.
Limpiar aquí y allá, que todo se vea bien, colores y más colores. Ahora recuerdo cómo es mi México en sus tradiciones. Las catrinas ahí coquetas con sus vestidos y uno que otro imitaba a la parca con su cara pintada de blanco y negro, con los ojos circundados de lentejuela roja, para dar brillo a la mirada perdida.
Todo llegaba al final, los altares estaban terminados, la noche había caído, las velas estaban encendidas, Chavela Vargas estaba con Frida y Diego celoso las veía. Los vivos miraban y admiraban los altares de los compañeros que nos inspiraban sentimiento, el sentimiento ese que no pude describir en el día de muertos.
Alejandra Nayeli Martín del Campo
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